Querida lectora,
Te confieso que nunca me consideré linda.
Cuando era niña me veía más bien feúcha.
No es algo para preocuparse ni para sentir pena —yo nunca me tuve pena—.
En mi experiencia trabajando con niños, creo que todos se sienten bellos o facheros hasta que una personita cruel les dice lo contrario.
Y ahí pasa algo triste: se resquebraja el espejo, y también la confianza en el ser querido que nos había dicho que éramos la persona más hermosa del mundo, generalmente, mamá.
Como Adán y Eva cubriéndose con las hojitas al reconocer su desnudez, empezamos a sentir vergüenza. A sentir que somos feos, a buscarnos defectos y a buscar la fealdad en los demás. Si el daño es profundo, tal vez hasta terminemos rompiendo la confianza de otra persona con palabras poco amables sobre su físico. Y así nace un ciclo que se alimenta solo, generación tras generación. Gente insegura y contagiando inseguridad.
Yo nunca me sentí hermosa, pero siempre me sorprendió descubrir que las niñas que yo consideraba hermosas también dudaban de su belleza.
La belleza nunca me preocupó: era muy flaca y muy alta (lo sigo siendo), huesuda, de ojos enormes, y la colita tirante me hacía parecer pelada y resaltaba mis orejas. Pero todo eso me daba igual. Yo me creía muy inteligente, y eso era más importante.
Esa ilusión se rompió en la facultad, claro (jajaja), pero esa es otra historia.
¿Por qué no era importante ser bella para mí?
Porque aprendí desde muy pequeña que lo importante era el estilo.
Mientras mi papá me prestaba sus libros de Agatha Christie, mi mamá me dejaba leer sus preferidos: los de Rosamunde Pilcher.
Uno de esos libros me marcó tanto que aún lo recuerdo: Historia de una herencia o The Shell Seekers.
Su protagonista, Olivia, es editora de una revista de moda. No es linda —al menos no si la comparan con su hermana, de una increíble belleza natural—. Pero Olivia tiene algo más poderoso: su estilo. Esa presencia que hace que todos la miren al pasar.
Cuando leí eso me dije:
“Cuando sea grande, quiero ser como Olivia.”
Todavía lo intento, todavía falta. Pero al menos creo que ya tengo su carácter, su confianza.
Porque la confianza en nosotras mismas es más importante que la belleza. Más importante que hackear nuestros cuerpos o perseguir un ideal imposible.
Eso es lo que tenemos que enseñarles a nuestras hijas:
que pueden alcanzar sus metas, que son bellas —bellísimas— sin importar lo que digan los demás, las modas o las tendencias. Porque solo son feas las personas mezquinas y crueles.
Y como dije: ya no creo ser tan inteligente como pensaba cuando era niña…
Pero soy lo suficientemente inteligente como para perseguir lo que quiero sin dejarme cuestionar: mis metas, mi estilo, lo que quiero compartir con la gente que amo.
Y lo suficientemente gentil como para ayudar a otras mujeres a reconocerse bellas y avanzar.
Lo demás… es efímero y banal.
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Gracias por estar aquí.
Con cariño,
An Gelmini
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