Querida lectora,
La psicología del color suele asociar cada tono a una emoción: el rojo a la pasión, el azul a la calma, el amarillo a la alegría…
Pero, ¿qué pasa cuando esas asociaciones no coinciden con lo que vos sentís?
Para mí, esto funciona un poco como la interpretación de los sueños: pueden decirte que si soñaste con un tsunami representa inestabilidad interior, pero en tu caso tal vez solo sea porque viste una película sobre el tema y te impresionó.
Con los colores ocurre lo mismo. La manera en que los percibimos depende de nuestra cultura, de la familia en la que crecimos, de nuestros gustos personales… incluso de experiencias que nos marcaron y que quizá ya ni recordemos.
Por eso, lo que te propongo hoy es un ejercicio.
Al final de la carta vas a encontrar un link para descargar gratis una hoja de trabajo (también podés copiarla a mano). Verás que cada color aparece con dos columnas: una con referencias positivas y otra con negativas.
La idea es que completes cada casilla con el color específico que a vos te provoca esas sensaciones. Podés usar revistas, papeles de colores, lápices, lo que tengas a mano. Eso sí: hacelo en papel, porque la pantalla no transmite igual.
Tomate el tiempo que necesites y recordá que no hay una forma correcta de hacerlo. Tal vez descubras que no hay una variante de un color que te transmita algo negativo… o quizás encuentres varios tonos de azul que te den calma.
Un ejemplo: a nivel teórico, el verde se asocia a la vitalidad y también a lo podrido. Pero ¿qué significa eso para vos?
Quizás el verde lima te dé energía y el verde musgo te cause rechazo. Lo mismo con el blanco y el negro: no es lo mismo un blanco óptico que uno agrisado, o un negro satinado que un negro mate.
Cuando completes el ejercicio, vas a mirar los colores de tu placard de otra manera. No desde lo que “dicta” la psicología del color, sino desde tu propia memoria, tu propia sensibilidad, tu propia historia.
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Gracias por estar aquí.
Con cariño,
An Gelmini
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