Querida lectora,
¿No sentís que tu “estilo de casa” es el más olvidado?
Sin embargo, habla de nosotras tanto o más que el look que llevamos afuera, porque el look de nuestro refugio debería ser el más propio y sincero. Es el que aparece en los domingos de lluvia, en los días de cansancio, en las noches largas de trabajo, o en esas mañanas en las que todavía no salimos de la cocina.
La ropa de casa puede ser refugio: suave, cómoda, segura. Pero también puede ser descuido, repetición, inercia. Es un look que merece ser pensado, porque también tiene peso en tu estado de ánimo y en tu forma de verte a vos misma.
¿Qué refleja? Te da lo que necesitás realmente: ¿abrigo, descanso, libertad, un poco de alegría?
Vestirte para vos, aunque nadie mire, es un gesto de respeto y amor propio. Es decir: “mi escenario también soy yo, incluso cuando no hay público”.
Hoy te invito a pensar algo:
Estás con tu ropa de casa, llaman a tu puerta, ¿Abrís como estás? ¿O corrés a cambiarte? Tenés que ir comprar algo a la esquina, ¿Sentís que tenés que cambiar todo lo que llevás puesto?
Si tu uniforme de interior es una remera con agujeros, ok, pero que lo sea intencionalmente, no accidentalmente, nada de lo que lleves adentro de casa debe darte vergüenza o hacerte sentir mal frente al espejo. No tienen que ser prendas elegantes: puede ser un pijama lindo, un pantalón suave, una blusa fresca. Pero que sea algo que te represente.
Porque cada elección cuenta. El estilo no se activa solo cuando salís: también lo llevás en los gestos más privados.
Y, a veces, es en esos momentos íntimos cuando se fortalece, porque con un poco de reflexión y de intención tu verdadero estilo cobra vida, desde adentro y se proyecta luego hacia afuera, cuando florece tu personalidad.
Gracias por estar aquí.
Con cariño,
An Gelmini
