Querida lectora,
Ya habrás notado que los colores no solo se ven: se sienten.
La relación que tenemos con ellos ha sido muy estudiada: desde la psicología hasta el marketing, desde la moda hasta la decoración.
Obviamente, hay patrones culturales y emocionales que nos atraviesan, pero cada una de nosotras reacciona de forma única ante los colores. Al igual que ocurre con la interpretación de los sueños, creo que la psicología del color puede ser un mapa, sin embargo el camino es personal.
Nuestro cuerpo responde al color. Lo hace a través del estado de ánimo, de los recuerdos, de la energía, del deseo de movernos o de quedarnos quietas. Así como hay melodías o aromas que nos levantan el alma, también hay colores que lo hacen.
Quizás ya sabés cuál es tu color refugio. O tal vez tenés varios: uno que calma, otro que impulsa, otro que te hace sentir luminosa. Si conocés tu paleta, probablemente esté ahí; aunque también puede pasar —porque los colores están ligados a nuestras memorias— que tu tono favorito no sea parte de tu estación. Eso no lo hace menos tuyo. Si no te favorece cerca del rostro, usalo en tu taza, tu agenda, tu funda de teléfono, en tu casa.
Hoy te propongo olvidarte de lo que te contaron sobre los colores, hacé tu propia búsqueda, cuaderno en mano:
- Mirá tu placard, tus libros, tu casa: ¿qué color te inspira?
- Pensá en tu pintura preferida ¿qué tonos la componen?
- Salí a la calle: flores, casas, vidrieras. ¿Qué te atrae o repele?
- Evitá las pantallas: lo que queremos sentir está en el mundo real.
Tarea de la semana: usá hoy tu color favorito y observá qué cambia en vos: ánimo, postura, energía, la forma en que te hablás y hablás al mundo.
El color puede ser abrigo, refugio, impulso.
Elegirlo conscientemente es decirte: me cuido, me escucho, me acompaño.
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Gracias por estar aquí.
Con cariño,
An Gelmini
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